11 de diciembre de 2014




PALABRAS PARA ESTHER [Con motivo de la presentación de su libro ‘When Lights Are Low’] Por Sebastián Mondéjar



PALABRAS PARA ESTHER
[Con motivo de la presentación de su libro ‘When Lights Are Low’]
Por Sebastián Mondéjar
La Fábrica, Madrid, 22 de octubre de 2014

Buenas noches, bienvenidos y muchas gracias a todos por acompañarnos en un día tan especial. Mi nombre es Sebastián Mondéjar, vengo de Murcia, soy músico y escritor y amigo de Esther Cidoncha desde hace años. Antes que nada, Esther, quiero manifestar que estoy emocionado por estar aquí y agradecerte la generosidad y la confianza que has depositado en mí, primero, al haberme hecho partícipe de tu proyecto; y, segundo, al invitarme a asistir y decir unas palabras en su presentación oficial. Recuerdo que, hablando contigo hace escasamente un mes, califiqué el nacimiento de tu libro no ya de excepcional, sino de milagroso. Por eso quiero hacer extensivos mi agradecimiento y mi enhorabuena a la editorial La Fábrica por haber puesto el marco, los medios, el sello y la promoción, tan necesarios para embarcarse en una obra de esta envergadura; una publicación que tiene el éxito asegurado de antemano, pues nace avalada por tu larga e impecable trayectoria. Muchas de las instantáneas que aparecen en tu libro han sido ya publicadas en tu blog o difundidas por otros medios y soportes gráficos, así que desde hace años forman parte, por derecho propio, de la historia de la fotografía de jazz para muchos aficionados de dentro y fuera de nuestras fronteras. Y digo esto, entre otras razones, porque quiero dejar constancia de la trascendencia histórica y cultural del momento que estamos viviendo. No puedo, por tanto, dejar de aconsejaros a todos que aprovechéis esta ocasión única para haceros con un ejemplar de esta portentosa y amplia colección de instantáneas en la que Esther Cidoncha ha condensado nada menos que veinticinco años de su actividad como fotógrafa de jazz.

Las primeras fotografías tuyas con las que me crucé en Internet fueron aquellas, bellísimas, que le hiciste en 2007 a la famosa contrabajista y compositora Esperanza Spalding, pues en aquella época yo acababa de descubrirla musicalmente y quería indagar más sobre ella; pero lo cierto es que quedé impresionado con tus fotos e inmediatamente puse un enlace de tu blog en el mío, con la impagable sensación íntima de haber descubierto un tesoro de valor incalculable. Toda la serie de los años noventa me impactó muy especialmente. Me dije a mí mismo: “¡Qué pedazo de fotógrafa! ¡Y es española! ¡Con este nivelazo y este recorrido tiene que ser súper conocida! ¡Y yo sin enterarme!”. Cuando vi, por ejemplo, la foto de Georges Adams, que es para mí un saxofonista emblemático desde que hace ya casi cuarenta años lo escuché por primera vez en Changes, de Charles Mingus, fue como una descarga eléctrica: ¡ahí estaba, sentado en la intimidad de su camerino, cazándote con su mirada al mismo tiempo que tú lo cazabas a él con tu cámara! Poco después te dediqué una entrada en mi blog a la que puse el título que finalmente te ha servido para encabezar esta impagable colección de fotografías minuciosamente escogidas entre cientos de negativos. La verdad es que sigo pensando que su título, ‘When Lights Are Low’, que en realidad le debemos al saxofonista Benny Carter, fue un verdadero hallazgo. Recuerdo que tú te identificaste con él de inmediato, y me alegro infinitamente de que continúes haciéndolo. Por cierto, el gran Benny Carter aparece también por partida doble en tu libro, dentro de esa extraordinaria serie que hiciste en Bayona en 1994 en el Festival de Jazz aux Remparts...

 Todo eso ocurría en octubre de 2007. En torno a tu blog se había venido gestando un nutrido grupo de amigos aficionados al jazz realmente fructífero, interesante y comunicativo, en el que las opiniones sobre tus fotografías suscitaban siempre una rotunda unanimidad (la misma, sin ir más lejos, que se respira hoy en cada uno de los exquisitos textos, tan distintos pero tan convergentes, que Wadada Leo Smith, Antonio Muñoz Molina, Chema García Martínez y José María Díaz-Maroto te dedican en tu libro). Hoy nadie discute que eres una maestra en el dominio del espacio y de la luz, una verdadera ‘compositora’ de la imagen, y lo digo también en un sentido musical y coreográfico. Voy a leer unas líneas de lo que escribí sobre ti en mi blog en 2007: “El arte de fotografiar utiliza un léxico y una metodología muy similares a los de esa actividad ancestral (hoy considerada poco menos que un deporte) llamada caza, aunque sus objetivos y sus resultados son, como sabemos, diametralmente opuestos. Mientras que la caza viola, interrumpe y elimina la vida, la buena fotografía –como toda manifestación artística verdadera– la preserva y la plasma, la retiene, consiguiendo detener el tiempo, nuestro tiempo, con una mirada nueva. Una virtud muy visible en su obra y muy preciada por mí es que Esther Cidoncha no aparenta, no maquilla, no alardea. Sus fotos están desnudas, no son nada artificiosas. Sus retratos son fieles no ya a la realidad, sino a la verdad, y en los ambientes que abarcan se respira calma viva, soledad, respeto y una gran pasión por el oficio”. 

Pues bien, Esther, tú te has hecho a ti misma y no necesitas que nadie convenza a nadie, y mucho menos a ti, de lo buena fotógrafa que eres; en todos estos años no has dejado de crecer y hoy te considero, más que nunca, una ‘cazadora de vida’ innata, cada vez más experta, más ágil, intuitiva, natural, independiente, segura de sí misma, metódica, minuciosa, siempre alerta, que no se deja seducir por presas fáciles ni por mañas artificiosas. Estás a la misma altura que los más grandes: William Claxton, Herman Leonard, Bob Willoughby... A éste último me recuerdas mucho. No sólo por su nivel artístico, sino también por su forma de entender la profesión, su pericia para desenvolverse en la estrechez de los clubes y en el laberinto humano de los conciertos, su capacidad para expresarse con la cámara y plasmar a bote pronto la esencia y los claroscuros del universo del jazz… Por otra parte, tu estilo, tu aplomo, tu sintaxis visual, son muy ‘cinematográficos’; muchas de tus instantáneas son como auténticos largometrajes –por el tiempo que pasaría uno contemplándolas–, y me traen a la memoria imágenes del cine negro americano, de aquellas películas tan crudas, sobrias y contundentes (y tan cercanas a los entresijos del jazz) dirigidas por Otto Preminger, Anthony Mann, Howard Hawks o Joseph H. Lewis; su modo de entender la estética fotográfica, utilizando un blanco y negro frío, limpio, sin alardes, con un sentido de la composición y la construcción formal extremadamente expresivo. Claro que ellos contaron con los mejores profesionales de la época: directores de fotografía como Sam Leavit, John Alton, Milton Krasner... Éste último trabajó a las órdenes de Fritz Lang y otro director de origen alemán que siempre me ha gustado mucho, Robert Siodmak. La plástica del cine negro, su luz, sus claroscuros, su desnudez y su rigor estructural se asemejan mucho, como digo, a los de tus fotografías. Sólo hay que ver tu magnífica instantánea de Lester Bowie entre bambalinas, calentando con la trompeta en los momentos previos al concierto; o la de Nicholas Payton y su grupo aguardando su turno tras el escenario; o la del contrabajista Tyler Mitchel con su traje blanco y su rostro envuelto en el humo de su cigarrillo... Por cierto, Bob Willoughby fue también un importantísimo fotógrafo de estudio… Me gustaría preguntarte si has practicado alguna vez esa forma de fotografiar y si te habrías sentido cómoda siendo, como él, cronista gráfico y retratista de estrellas en Hollywood…

El caso es que tú misma, Esther, me confesabas hace poco por teléfono lo difícil que puede llegar a ser, cuando te lanzas a ‘la caza’, salvar los contratiempos, el bullicio, la multitud, la falta de luz y de espacio, y conseguir extraer siquiera una instantánea de calidad entre mil, en la que todas esas adversidades colaterales no se perciban en absoluto. Parafraseando a mi paisano Ramón Gaya, gran pintor, poeta delicadísimo, lúcido pensador y uno de los artistas más importantes del siglo XX, yo diría que lo verdaderamente hermoso de tus instantáneas es que se nos ofrecen, y ahora más que nunca, como lugares, como espacios donde la realidad ha sido salvada; porque la realidad es caótica y necesita ser liberada, salvada de sí misma, rescatada del caos que es siempre el presente. Esto es: gracias al arte se salva la realidad y, con ella, nos salvamos todos. 

La fotografía es, esencialmente, un arte de observación. Podríamos afirmar que es el arte de ver, de escrutar la realidad. Como dice Geoff Dyer oportunamente en la cita que encabeza el texto que has escrito para tu libro: “El ojo escucha lo que el oído no oye”. Y la fotografía de jazz por excelencia, Esther, y te refieres a ello en tu texto, es la instantánea. Hay que tener mucho temple para ser un buen fotógrafo. Un fotógrafo tiene que estar viendo las cosas siempre como si se encontrara con ellas por primera vez; ha de mirarlo todo con sorpresa, instinto e intuición, pero también sin sobresalto, sin perder su naturalidad. Por eso una de las cualidades que más he aprendido a apreciar en todos los modos de creación artística –y no sólo en ellos, la considero ya imprescindible en el simple y mero oficio de vivir–, es su vínculo íntimo con el silencio. Para mí, el verdadero arte es hermano del silencio. Y esa es precisamente una de las mayores cualidades de la fotografía: el silencio es su aliado primordial. Por otra parte, el trabajo del fotógrafo es casi siempre furtivo, solitario, tan solitario o más, si cabe, que el trabajo de un músico. El músico necesita imperiosamente silencio a su alrededor para expresarse. La labor del fotógrafo consiste precisamente en captar ese silencio solemne que el músico necesita a su alrededor para expresarse. ¡Difícil tarea! El jazz, por otra parte, es un género sumamente complejo desde el punto de vista musical, pero su imaginería, su acervo visual, los códigos que le sirven de soporte expresivo son, al menos en apariencia, muy limitados y repetitivos gráficamente. La gran mayoría de fotografías de jazz que pasan ante nuestros ojos nos parecen siempre las mismas. Indudablemente, la fotografía es uno de los mejores vehículos comunicativos para adentrarnos en un universo musical y cultural con una personalidad tan propia, pero captar fotográficamente su esencia es realmente difícil. La inmensa mayoría de fotógrafos capturan la realidad; los buenos fotógrafos, los fotógrafos de verdad, que sois muy escasos, la liberáis. 

Bueno, voy terminando... 

Esther, tus instantáneas reflejan la pasión, la tenacidad, la responsabilidad, la sensatez y la autoexigencia necesarias para ser la extraordinaria fotógrafa que eres; e intuyo que a veces puedes llegar a ser incluso severa, inflexible contigo misma... En ellas se aprecia también tu riguroso método de trabajo, tu capacidad de síntesis y de organización, tu contagioso entusiasmo por el oficio. Cada paso que das es fruto de un minucioso análisis. Todo ello confiere calidad estética y artística a tu obra. Y este libro es producto de esa ‘profesionalidad’, que yo prefiero llamar ‘entrega’, ‘dedicación’: amor, en suma. Pero al margen de su altísima calidad estética y artística, este libro es también una evocación íntima de muchos momentos mágicos que ya no existen, lo que le confiere una entrañable nostalgia poética. Es más, muchos de los músicos que figuran en su interior ya no están. Por suerte, Esther, tú los inmortalizaste en vida, supiste estar en el momento y en el lugar precisos para dar fe de ellos y perpetuar su aura, su presencia entre nosotros. Antes he dicho que consideraba tus instantáneas muy cinematográficas; pero si tuviese que compararlas con un género literario, me decantaría sin dudarlo por el más sobrio y conciso, el de la poesía breve, concretamente por los ‘haikus’ japoneses, que con tan sólo tres versos son capaces de expresar no sólo ideas y emociones muy profundas, sino también de abarcar el orden, la historia, la razón de ser y las leyes que imperan en el universo al que pertenecen y por el que han ‘venido’ al mundo. Es por eso que perduran y podemos hacerlos nuestros. Con tus fotografías pasa lo mismo: todas y cada una de ellas contienen y resumen el universo del jazz, su atmósfera aristocrática; en todas y cada una de ellas consigues un perfecto equilibrio entre la expresividad y el silencio, tan necesario en el arte. Y, ya que me he referido a la poesía, no puedo dejar de mencionar una frase que me dijo hace unos días un amigo músico, también muy aficionado a la fotografía: “Un buen fotógrafo es un poeta de la luz”. Eso eres tú, Esther: una poeta de la luz.

Los tiempos cambian, las modas pasan, incluso las conductas y los hábitos  se renuevan, pero el arte verdadero arraiga y permanece. Como la mejor pintura, como la mejor poesía, como el mejor cine, como el mejor jazz, no te quepa duda alguna, Esther Cidoncha, de que ésa es la categoría a la que pertenece ‘When Lights Are Low’.

Gracias por escucharme y buenas noches.





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